6 sept. 2010

La noche del Tiranopapo

Aunque no recuerdo que día, me será difícil olvidar el magnifico chuletón de buey precedido de almejas, xoubas y pimientos de Padrón que junto a unos amigos degusté en un restaurante cercano a la playa. Unas baterías de ribeiro blanco y ribeiro tinto abrieron brecha en las líneas enemigas y nos ayudaron a batirnos en feroz combate con las viandas que cubrían todos los flancos de la mesa. La última carga fue contra un flan de café y la victoria se celebró con unos alegres y brillantes gin–tonics.

Como en cualquier sobremesa que se precie entre viejos camaradas la bravuconería y los desafíos son protagonistas principales, y en estas y otras copas estábamos cuando surgió el reto que da origen a estas letras.

La tarde era soleada y ventosa, desde la terraza del restaurante se divisaba fácilmente la ría y sus olas, frente a nosotros, en la arboleda, se movían con cierta violencia las copas de los árboles. La discusión, la misma que en otras ocasiones, que si fuerza 4, que si fuerza 6, que si rachas de 30 nudos, que si no es para tanto.

Que si un Vaurien, que si en Raquero, que mejor un Pastinaca. Que la volcada es inminente, que si vuelvo seco a tierra. Que si mi barco aguanta sin rizar, que sin con un par de rizos lo aguanta todo. Que si hay ó no hay, que si otro gin-tonic, que si nos vamos al puerto, que ya estamos aparejando, que…

Que son las siete de la tarde y nos encontramos a bordo del Tiranopapo navegando en convoy con un Vaurien y un viejo Roga 350. Recibimos el viento por la aleta de estribor y vamos dejando Abanqueiro por la de babor, ninguno llevamos instrumentos, lo que convierte en eterna la discusión sobre la fuerza del viento, ahora bien, todos estamos de acuerdo en que navegamos muy rápido, dejaremos para una futura sobremesa la discusión sobre los nudos a los que avanzamos.

Navegando al largo nos hemos adentrado en el canal de un polígono de bateas y estamos dejando el Chazo por el través, pronto llegaremos al canal principal, dejaremos La Isla por babor y previsiblemente en popa llegaremos a la isla de Rua.

Aún no sé por qué hemos ó han decidido que nuestro destino sea la isla de Rua ni que carajo se nos ha perdido allí, quizá cuando lleguemos y si somos capaces de varar en ella alguien pueda explicar algo, lo cierto es que tampoco me preocupa lo más mínimo, la tarde es magnifica, el Sol sigue alto y el viento nos hace volar.

Según lo previsto nos vamos acercando a Rua con el viento por la popa, la intención es abordarla por sotavento aunque somos conscientes de que quizá no haya por donde varar, solo se ven piedras, y el viento sigue pareciendo fuerte…

¡A voces!, a voces acordamos dar vuelta y dirigirnos a la parte NW de La Isla, hacer una breve varada en la playa Area da Secada y descansar un poco, llevamos algo más de dos horas navegando bajo cierta tensión por la intensidad del viento y apetece fumar un cigarrito sin que el viento lo consuma en un par de minutos ó lo empapemos con los dedos húmedos haciéndolo infumable. Por otro lado son las nueve de la noche, y aunque en esta parte del mundo y en esta época anochece tarde y las noches son claras, también nos crea cierta incertidumbre la navegación nocturna en nuestros pequeños veleros sin luces ni instrumentos.

Parece ser que el desafío nacido en el restaurante y bajo la influencia de Baco tenía algo que ver con la intensidad del viento de aquella tarde y con la navegación nocturna en pequeñas embarcaciones. Parece ser que por eso Rua era nuestro destino, un par de horas de ida, volver con la puesta del Sol y llegar ya habiendo anochecido. La verdad es que la primera parte del plan la estábamos clavando, ahora… con el viento por la proa y con esa intensidad comenzaban a surgir dudas sobre la posibilidad de cumplir el reto.

De momento y dejando negros pensamientos para más adelante lo importante era llegar a La Isla, para ello ceñimos amurados a babor, y las olas que antes nos daban blando alcance por popa ahora se nos enfrentaban húmedas y frías por proa. El Vaurien y el Tiranopapo hicieron toda la travesía con un rizo, en esos momentos comencé a echar de menos el segundo, pero ante la cercanía de La Isla y que barco seguía navegando bien decidí seguir avanzando como lo estaba haciendo. El 350 por el contrario, escorando de forma violenta se las estaba viendo con el Demonio, sin posibilidad de rizar y viejo como un carcamal tan solo se defendía con el coraje de su tripu y dejando escapar viento por la baluma.

- ¡¿Donde están?!
- detrás
- ¡no los veo!
- ¡detrás!
- ¡han volcado!
- ¡coño, han volcado!
- ¡joder, joder, joder!, voy yo, tu sigue y tira. ¡A la playa!, ¡a la playa!

Bajamos mayor y foque, recogimos el timón, encendimos el pequeño Mercury y nos dirigimos hacia donde permanecía volcado y barrido por cada ola el pequeño 350. Gracias a disponer de un par de cornamusas en las aletas y a una amarra de gran longitud pudimos darle buen remolque hasta la playa Area da Secada.

Comenzábamos a achicar el agua y a poner a son de mar el 350 sobre la arena cuando el Sol se despedía definitivamente tras los montes de Barbanza. Je!, je!, je!, ¿no queríamos caldo?, ¡pues dos tazas!. Noche y en La Isla, más ó menos a 5 millas de casa en línea recta, pero… la vuelta se antoja en ceñida, je, je, je... ¡Horror!: los herrajes del timón del Roga han reventado, eso lo llaman “buque sin gobierno” , je, je, je…

5 millas a casa… a cinco nudos… una hora… justo lo que dicen que dura la gasolina del depósito integrado, pero… con este mar y llevando remolque ni de coña haremos 5 nudos, luego… uhm… apago el cigarrillo, río, miro a mis camaradas, vuelvo a reír, enciendo otro cigarrillo.

El viento está cayendo. Toda la Ría parece una feria con todas sus costas iluminadas, miles de luces. Nosotros en la playa, mojados…

Busco en el tambucho de proa seguro de encontrar un pequeño depósito en el que haya gasolina. ¡Estamos de suerte!, calculo que debe haber entre dos y tres litros, y el depósito del motor debe estar a la mitad, efectivamente estamos de suerte. También he sacado del tambucho un par de chubasqueros, un jersey seco y un bañador viejo, seco también. Un par de pagayas y otra amarra larga que saqué del tambucho las paso al Vaurien por si hay que darle remolque ó necesitasen propulsión humana.

Hemos desarbolado, arranchado y dejado un tripulante con una pagaya en el 350 antes de darle remolque, abandonamos la playa a la vela amurados a estribor, superamos las bateas que rodean la playa y seguimos rumbo al centro del canal, avanzamos lentos con la popa del Vaurien por delante y la proa del 350 por detrás. El viento sigue cayendo, las olas también, todo está tranquilo, comenzamos a disfrutar de la navegación nocturna. El Vaurien en nuestra proa, en la suya La Puebla.

Ha pasado poco tiempo desde la última virada, estamos en medio del canal y el viento y las olas han caído definitivamente. Desaparejamos las velas, guardamos el timón y damos candela al pequeño Mercury, este, una vez más, no nos defrauda y arranca sin dar lugar a oscuros presagios ó situación de “thriller”. Nos acercamos al Vaurien que con sus velas lánguidas flota como una palangana, le damos remolque…

Toda la costa es una orgía de luces y no resulta fácil decidir una dirección correcta. Sabemos que por el N anda nuestro destino, pero no sabemos la tierra ó las piedras que se nos pueden anteponer, avanzamos, seguimos avanzando.

Avanza el trenecito nocturno del Mar de Arosa en silencio mientras se adentra en el último polígono de bateas, antes de abordar el polígono hemos rellenado el depósito de gasolina, no queremos pensar en un apagón allí en medio. Sabemos que estamos en casa, no hemos acertado con el canal que separa un polígono de otro, pero las bateas alineadas nos van dejando paso entre ellas sin obligarnos a maniobrar ni a cambiar el rumbo. Estamos disfrutando.

Las luces que tenemos por la proa ya nos son de alguna manera conocidas, es más, nuestra vista se ha hecho a la noche y divisamos, ó creemos divisar perfectamente algunos detalles de la costa. Seguimos disfrutando.

Compartimos el paso por la bocana con una planeadora que debe de venir de la xouba, viendo ésta nuestra situación de remolque le ha debido parecer gracioso acelerar y hacernos bailar al ritmo de su estela (La restricción de 3 nudos de velocidad dentro de puerto parece no entenderse en esta parte del mundo). ¡Pailán!. Nadie lo dice, pero todos lo pensamos, es lo peor que le puedes decir a alguien en este Finisterrae.

Amarre, café, silencio, aún me queda un cigarrillo.

Humo, silencio, café, parece que retomaremos otro día y en otra mesa la discusión eterna sobre alturas, distancias, velocidades, pesos, tiempos. Sumidos en catarsis permanecemos en la terraza de un café ya casi vacía con unas miradas perdidas en la nada y otras fijas en nada, pero a todos se les atisba una ligera sonrisa en los labios.

De vuelta a casa miro atrás encontrando lo que busco, abarloado a un velero mayor flota como cualquier otra noche el Tiranopapo. Ajeno a todo. No sabe que esta ha sido su noche, ó la mía, ó la de algunos, en cualquier caso yo la recordaré como la noche del Tiranopapo.

2 comentarios:

  1. Chapeau! A veces hay que sacar la adrenalina a relucir, sí señor!

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